¿Cómo logra una asociación de la comunidad china perdurar durante 140 años?Por Chengzun Pan
La noche del 6 de septiembre tuve el honor de asistir a la celebración del 140.º aniversario de la Sociedad Central de Beneficencia China del Perú y del 55.º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre China y el Perú. Cerca de 700 invitados colmaron el salón de banquetes del Hotel Delfines. Entre ellos había representantes de la política, del empresariado y de la comunidad china del Perú, así como numerosos dirigentes de asociaciones chinas llegados expresamente desde Estados Unidos, Canadá y diversos países latinoamericanos. Me alegró especialmente reencontrarme con mis grandes amigos de Chile, esos hermanos de tantos años.
En su discurso, el presidente de la institución, Vicente Loo, recordó la difícil historia de los trabajadores chinos que emigraron al Perú y las extraordinarias trayectorias de aquellos miembros de nuestra comunidad que, partiendo de la nada, lograron salir adelante. Pensemos en aquellos pioneros: muchos tenían escasa educación y debían afrontar no solo un trabajo extenuante, sino también las barreras del idioma, una situación jurídica incierta y la discriminación social. Lo que necesitaban no era un lugar donde celebrar banquetes, sino una organización en la que pudieran encontrar compatriotas, recibir ayuda y defender sus derechos cuando surgieran dificultades.
Desde 1849 tuvieron que transcurrir largos y difíciles años hasta que, en 1874, el Gobierno de la dinastía Qing y la República del Perú firmaron el Tratado de Paz, Amistad, Comercio y Navegación. En 1884 llegó al Perú Zheng Zaoru, primer ministro plenipotenciario de China en el país, quien en 1886 impulsó formalmente la creación de la Sociedad Central de Beneficencia China. En ese sentido, su nacimiento no fue una casualidad: respondió a una necesidad concreta de supervivencia y desarrollo de la comunidad china en el Perú.
«Promover el comercio y proteger a los trabajadores; valorar la solidaridad y la unión; brindar amparo sin distinciones». Estas palabras pueden parecernos antiguas, pero su sentido sigue vigente: ayudar a los compatriotas en sus negocios, defender los intereses de los trabajadores, fortalecer la unidad y ofrecer apoyo sin favoritismos. Una asociación no perdura durante 140 años por tener una sede o unas cuantas placas conmemorativas, sino porque, generación tras generación, hay personas dispuestas a dar un paso al frente cuando otros necesitan ayuda.
En 1909, la institución adquirió un inmueble en Liwan, un distrito de Cantón, para alojar a los emigrantes chinos que regresaban a su país y no tenían dónde vivir. Durante la guerra de resistencia contra la invasión japonesa, la comunidad china del Perú reunió dinero y suministros para apoyar a su patria de origen. Posteriormente, ante terremotos e inundaciones en China, o cuando los compatriotas en el Perú atravesaban dificultades, la institución también organizó acciones de ayuda.
Quizá estas iniciativas no parezcan hoy extraordinarias. Sin embargo, en una época de transportes precarios y comunicaciones difíciles, conseguir que los chinos dispersos por distintas regiones del Perú se organizaran y actuaran juntos ya representaba una fuerza excepcional.
Ahora bien, una larga historia es motivo de orgullo, pero también puede convertirse en una carga. Si una asociación se limita a conmemorar el pasado, celebrar banquetes, distribuir asientos y entregar medallas, por muchos años que tenga, terminará perdiendo el contacto con la realidad.
Los chinos que llegan hoy al Perú son muy distintos de aquellos trabajadores de hace más de un siglo. Entre ellos hay directivos de empresas chinas, inversionistas, ingenieros, estudiantes y personas que acaban de llegar con la ilusión de emprender. También han cambiado los problemas que enfrentan: trámites migratorios, inseguridad, conflictos laborales, riesgos legales, normas tributarias, diferencias culturales y el desafío de integrarse en la sociedad peruana.
Por eso, las asociaciones de hoy no pueden descansar únicamente en el prestigio del pasado: deben contar con la capacidad de responder a los problemas del presente. Lo que un compatriota realmente necesita puede ser una consulta jurídica confiable, una explicación precisa de una norma, un teléfono al que alguien responda en una emergencia o una organización dispuesta a defenderlo cuando recibe un trato injusto.
Ese es también el sentido de que la Sociedad Central de Beneficencia China forme parte de los centros de asistencia a la comunidad china en el exterior, conocidos como Huazhu. Ayudar a los compatriotas no puede significar atender solamente a los conocidos, ni servir exclusivamente a personas de una determinada región, apellido o círculo social. Vengan de Guangdong, Fujian, Zhejiang, Beijing o de cualquier otro lugar de China, quienes atraviesen dificultades en el Perú deberían recibir el apoyo que esté al alcance de la institución.
Una asociación verdaderamente influyente debe unir a la comunidad hacia dentro y conectarla con la sociedad local hacia fuera. Los chinos y sus descendientes llevamos más de 170 años viviendo en el Perú; no somos simples visitantes. La gastronomía, el desarrollo comercial e incluso la estructura social del país llevan la huella de la presencia china. Hoy, muchos peruanos de ascendencia china han llegado a ser congresistas, ministros, empresarios, académicos y profesionales de las más diversas especialidades. Todo ello demuestra que nuestra comunidad es parte inseparable de la sociedad peruana.
Por eso, cuando hablamos de amor a la patria y a nuestras raíces, no estamos contraponiendo a China con el Perú. El afecto por el país de origen es compatible con el respeto y el cariño por el país donde vivimos. Los chinos de ultramar y sus descendientes podemos interesarnos por el desarrollo de China y, al mismo tiempo, cumplir las leyes peruanas, asumir nuestras responsabilidades sociales y contribuir al progreso del Perú. Solo cuando exista una verdadera comprensión y un respeto por parte de la sociedad local, nuestra comunidad tendrá raíces más firmes.
Este año también se conmemora el 55.º aniversario de las relaciones diplomáticas entre China y el Perú. Hoy, China es el principal socio comercial del Perú, y el puerto de Chancay ha acercado aún más a ambos países. Pero las relaciones entre las naciones no pueden sostenerse únicamente en cifras comerciales y grandes proyectos: también necesitan la comprensión y la confianza que las personas construyen a lo largo del tiempo.
En este terreno, la comunidad china cumple una función que ninguna institución puede sustituir por completo. Conocemos China y conocemos el Perú; entendemos ambos idiomas y podemos comprender mejor las formas de pensar que hay detrás de las dos culturas. Si sabemos aprovechar esa ventaja, nuestras asociaciones podrán ser, además de organizaciones al servicio de la comunidad china, puentes importantes entre ambas sociedades.
Ciento cuarenta años son muchos: suficientes para ser testigos de las alegrías y las penas de varias generaciones. Pero también pueden ser un nuevo punto de partida. Lo que verdaderamente merece ser conmemorado no es cuántos años ha recorrido la institución, sino qué puede seguir haciendo por nuestra comunidad en esta nueva época, qué legado puede dejar a la sociedad peruana y cómo puede contribuir al entendimiento entre los pueblos de China y del Perú.
El verdadero valor de una sede institucional no se mide por la cantidad de fotografías históricas que cuelgan de sus paredes, sino por que todavía haya personas dispuestas a cruzar su puerta, con la confianza de que, cuando necesiten ayuda, encontrarán allí una luz encendida.
Quizá esa sea la verdadera razón por la que una asociación puede perdurar durante 140 años y seguir adelante.




























