Estados Unidos derrocó a un rey, pero ¿está siendo derrotado por el capital?
Cada 4 de julio, Estados Unidos celebra con gran solemnidad su Día de la Independencia. Fuegos artificiales, desfiles y banderas ondeando por todo el país recuerdan aquel verano de 1776 que cambió el curso de la historia. Sin embargo, lo verdaderamente digno de conmemorar no es solo una guerra de independencia.
George Washington, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y otros padres fundadores no iniciaron la revolución únicamente para sustituir a un gobernante, ni mucho menos para crear un nuevo imperio. Su verdadero propósito era transformar un sistema político: construir un país en el que el gobierno obtuviera su legitimidad del consentimiento de los ciudadanos, y no del poder del dinero ni de la autoridad de un monarca.
La Declaración de Independencia planteó una idea profundamente revolucionaria para su época: que todos los seres humanos nacen iguales; que la legitimidad del gobierno proviene del consentimiento de los gobernados; y que, cuando un gobierno deja de cumplir ese principio, el pueblo tiene el derecho de cambiarlo. Gracias a ello, Estados Unidos no solo ganó una guerra, sino que abrió el camino al desarrollo de la república moderna. Posteriormente, las constituciones, los sistemas democráticos y el Estado de derecho de numerosos países recibieron, en mayor o menor medida, la influencia de ese pensamiento fundacional.

Durante más de dos siglos, Estados Unidos ha alcanzado logros extraordinarios. Se convirtió en la mayor economía del mundo, en un centro global de innovación tecnológica y en el principal mercado financiero internacional, además de consolidar un sistema monetario basado en el predominio del dólar. Sin embargo, surge una pregunta que merece ser planteada: ¿qué sostiene hoy a Estados Unidos, los valores sobre los que fue fundado o un sistema financiero cada vez más poderoso? Las finanzas, por sí mismas, no son el problema. Un sistema financiero sólido mejora la asignación de recursos, facilita el financiamiento de la innovación, genera riqueza para la población y favorece el comercio internacional. El verdadero problema aparece cuando las finanzas dejan de ser un instrumento al servicio del desarrollo y comienzan a determinar el rumbo del país.
Cuando los mercados financieros influyen cada vez más en las decisiones del gobierno; cuando el precio de las acciones se convierte en el principal objetivo de las empresas; cuando las recompras de acciones reciben mayor prioridad que la inversión de largo plazo en la industria; cuando el estado de ánimo de Wall Street pesa más que las necesidades de la economía real y los ingresos de los trabajadores avanzan mucho más lentamente que el valor de los activos financieros, las finanzas dejan de ser simplemente una herramienta económica para convertirse en una fuerza que condiciona el funcionamiento del Estado.

Durante las últimas décadas, parte de la industria manufacturera estadounidense se trasladó al exterior, mientras el sector financiero y las empresas de alta tecnología siguieron expandiéndose. El constante incremento del valor de los activos ha beneficiado principalmente a quienes poseen capital, mientras que quienes dependen de sus ingresos laborales han participado cada vez menos de los frutos del crecimiento económico. Así, Estados Unidos enfrenta una paradoja difícil de ignorar: una bolsa de valores que alcanza máximos históricos no significa necesariamente una mejora equivalente en la calidad de vida de las familias; un crecimiento sostenido del PBI tampoco garantiza la reducción de las fracturas sociales. Más aún, cuando el capital financiero adquiere una influencia cada vez mayor, la propia democracia puede enfrentar nuevos desafíos.
Los padres fundadores diseñaron un sistema de separación de poderes y de pesos y contrapesos para evitar la concentración excesiva del poder en manos de un rey. Difícilmente habrían imaginado que, dos siglos y medio después, quienes podrían ejercer una influencia decisiva sobre las políticas nacionales no serían necesariamente un monarca o un presidente, sino los mercados financieros, los grupos de interés y un enorme sistema de capital. Por supuesto, esto no significa que Estados Unidos haya fracasado. Sigue siendo líder mundial en innovación, ciencia, educación superior y capacidad institucional, además de conservar una notable capacidad para corregir sus propios errores. La verdadera pregunta es otra: ¿qué debe definir el futuro de un país?

Si el desarrollo nacional depende cada vez más de la expansión financiera, mientras la economía real, la industria y el trabajo pierden importancia, las finanzas pueden dejar de servir a la economía para empezar a dominarla; pueden dejar de impulsar el desarrollo nacional para terminar determinando la dirección del propio Estado.
Hace 250 años, la revolución estadounidense derrotó al poder de la monarquía. Doscientos cincuenta años después, quizá el desafío más importante para Estados Unidos ya no sea ampliar su poder financiero, sino lograr que las finanzas vuelvan a estar al servicio de la sociedad, de la producción y de la ciudadanía.




























