Una sola China
Hace algunos años hice un comentario radial sobre la necesidad de la presencia, en el mundo económico, social y político, de una sola China. Taiwán encierra, desde siglos anteriores, situaciones difíciles que atravesó desde que perteneció a la China milenaria; así tenemos que Taiwán fue dominada en un primer momento por los españoles, siendo conocidos como la gobernación española de Taiwán; posteriormente, la isla fue ocupada por los holandeses entre 1624 y 1662, siendo estos expulsados por Koxinga[1].
Años más tarde, el territorio taiwanés se vio invadido por distintos países, como los Estados Unidos, tras la guerra con Francia en el año 1884. Finalizado el conflicto, Francia devolvió Taiwán al seno de su origen: China.
Posterior a esta síntesis de acontecimientos, el 17 de abril de 1895, la isla es cedida a Japón a través del Tratado de Shimonoseki, al perder China la guerra contra Japón. En 1945, Japón aceptó los términos de la Conferencia de Potsdam, ratificados en el Tratado de San Francisco del 8 de setiembre de 1951, conocido como Tratado de Paz con Japón, que entró en vigor el 28 de abril de 1952. Japón renunció formalmente a la soberanía sobre Taiwán, continuando su desarrollo hasta ubicarnos en el Taiwán que conocemos en nuestros tiempos.
En tanto, Hong Kong se desarrolló legislativamente junto con la tradición británica. Recién a partir de julio de 1997 se introducen elementos aportados por los nuevos gobernantes y legisladores del territorio. La configuración futura de la estructura legal de Hong Kong, una vez traspasado a la soberanía china, ha sido uno de los contenciosos más difíciles de resolver en las negociaciones chino-británicas, que se prolongaron por muchos años.

Para el retorno de Hong Kong, China ha establecido dos textos legales: la Declaración Conjunta y la Ley Básica, por los que se permite a Hong Kong continuar siendo un enclave con economía de mercado y libertades públicas dentro de China. La primera de ellas fue firmada en 1984 y establece que el territorio de Hong Kong pasa a constituir una Región Administrativa Especial, en la que se mantiene vigente el sistema político, económico y judicial. La segunda fue promulgada en 1990 por la Asamblea Nacional Popular China y hace las veces de una pequeña Carta Magna provisional.
Para nuestras generaciones, esos momentos dejaron una huella trascendente en la inquietud por ver cómo una ciudad como Hong Kong, de economía totalmente liberal, retornaba después de muchas décadas al seno de China, regida por el sistema del partido comunista.
Desde entonces, y bajo la presencia de un partido único y un sinnúmero de interrogantes, China ha venido, en principio, superando las necesidades de uno de los países más poblados del planeta y, a la vez, desarrollando un sistema que compite en el mundo del capitalismo y la globalización.
Debe poner, entonces, la República Popular China todo su esfuerzo diplomático y político para lograr el retorno o reincorporación de Taiwán a lo que podría denominarse, en pleno siglo XXI, «una sola China», sin duda con enorme influencia económica, social y política en el mundo globalizado de hoy.

Los dirigentes de la República Popular China y los de Taiwán deben ejercer todo su arte por reencontrar su historia y tener una relación similar y/o mejor que Hong Kong, pero bajo alcances profundamente unitarios. Económicamente están sus lazos e inversiones tendidas; su reunificación preocupa y, a lo mejor, incomoda a quienes siempre han querido tener a los pueblos desunidos.
China y Taiwán deben avanzar —en el tiempo más breve— en términos fraternales en busca del entendimiento que lleve adelante la unión de estas dos naciones hacia una sola China. La historia lo reclama.




























